Cuentos, Fábulas y Leyendas

El Caballito Incansable
(Leyenda Argentina)

¿Habéis oído hablar de caballito incansable? ¿No? Pues, entonces, yo os contaré una historia muy interesante sucedida hace muchos años, cuando los ejércitos argentinos combatían tenazmente por su libertad.

Dicen los que saben, que en Argentina, después del gran triunfo que el general don Manuel Belgrano obtuvo sobre los realistas en la memorable batalla de Salta, necesitó un mensajero que trajera a la ciudad de Buenos Aires la extraordinaria noticia de la gloriosa victoria.
En el ejército de Belgrano había muy buenos jinetes, ya que estaba formado en su mayoría por gauchos que, como es sabido, son los más diestros domadores de caballos del mundo entero.

Belgrano hizo formar a los hombres que juzgaba más aptos para tan delicada empresa y ordenó dieran un paso adelante los que se sintieran capaces de tan enorme y loable esfuerzo.

"Mis queridos soldados", dijo el general. "¡Necesito un voluntario que lleve a la capital mi parte de batalla! ¡El hombre que se arriesgue a tan dura prueba, ya que deberá recorrer miles de kilómetros, debe tener presente que no descansará ni un minuto durante el viaje y que sólo hallará reposo una vez entregado el documento! ¿Quién se anima?

¡Ni uno de los soldados se quedó quieto! Todos dieron un paso adelante en espera, cada uno, de ser elegido por el general.

Belgrano, orgulloso de la valiente actitud de sus hombres, paseó la mirada por la larga fila de caras nobles y curtidas y titubeó en la elección, ya que todos le parecían capaces de afrontar la peligrosa marcha.

En un extremo de la fila estaba rígido y pálido, un joven moreno, que miraba a su jefe con ojos ansiosos, como anhelando que se fijara en él.
Belgrano aun no había decidido, cuando el muchacho, impulsado por sus deseos, se adelantó hacia el general y cuadrándose a pocos pasos de éste, te dijo con voz serena pero conmovida:

"¡Señor! ¡Yo quisiera llevar ese parte!"

"¿Te atreves? ¡Es muy largo el camino!", respondió el héroe.

"¡Nada me detendrá! ¡Juro por Dios y por la Patria, que llegaré a Buenos Aires en el menor tiempo posible!"

Tal simpatía y franqueza brotaba de los ojos del desconocido, que Belgrano no vaciló más y entregándole un voluminoso sobre, le dijo, mientras estrechaba su mano:

"¡Aquí está mi parte de batalla! ¡En ti confío para que sea puesto en manos de mi Gobierno! ¡Deberás correr rápido como la luz por montes, sierras, cumbres y desiertos, sin que nada te detenga hasta atar tu caballo en el palenque del Cabildo de Buenos Aires!"

"¡Está bien, señor!", respondió el muchacho.

Belgrano continuó: "¡En el largo camino, encontrarás muchas postas y ranchos amigos, en donde podrás cambiar de cabalgadura, deteniéndote lo indispensable para ensillar el animal de refresco! ¡No te dejes engañar por ninguno que intente entorpecer tu misión y muere antes de que te arrebaten este sobre!"

Benavides, que así se llamaba el joven soldado, rojo de orgullo, recibió los papeles de manos de Belgrano y después de elevar su mirada a la bandera azul y blanca que hacía pocos días flameaba como símbolo de la patria, montó en su caballo alazán que partió al galope, ante los ¡viva! de sus compañeros, que lo vieron perderse entre las cumbres lejanas. La primera posta para cambiar de cabalgadura distaba tan sólo diez leguas, las que fueron cubiertas por el brioso alazán de Benavides en pocas horas.

El dueño del rancho, no bien vio llegar a un soldado del ejército libertador, dispuso todo lo necesario para que cambiara de animal y sacando de un corral un caballo tostado, se lo ofreció a Benavides. El muchacho se disponía con gran prisa a desensillar su valiente alazán, cuando ocurrió algo tan inesperado que lo conmovió en todo su ser. El caballo, al ver a su amo desmontar y observar los preparativos del cambio, lanzó un estridente relincho en el que claramente se oyó que decía:

"¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!..."

Benavides no dio crédito a lo que oía y prosiguió en su trabajo de aflojar la cincha, cuando, otra vez, el relincho del alazán rompió el silencio, y entonces con más energía...

"¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!..."

¡No cabía dudar! ¡El caballo había hablado!
¡El mensajero, pálido como un muerto, miró al noble bruto con curiosidad y estupor y sólo contempló unos ojos negros y grandes que parecían implorarle que no lo abandonara! Y decidido, volvió a ensillar a su valiente compañero y emprendió de nuevo la marcha a gran velocidad, pasando por escarpados caminos de montaña que ponían en peligro la vida del chasqui. ¡Pero el alazán, dócil y animoso, sin dar la más pequeña muestra de cansancio, cruzó las cumbres y descendió a la llanura! ¡Llegaron a la segunda posta!

Benavides desmontó de un salto y pidió un caballo de repuesto, en la certeza de que su alazán ya no resistiría más tan extraordinario esfuerzo, pero cuál no sería su sorpresa, el oír el relincho agudo que de nuevo expresaba:

"¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!..."

"¡No puede ser!, exclamó el jinete. "No hay ser en el mundo capaz de afrontar tal desgaste. ¡Te dejaré aquí!"

"¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!", repitió el caballo en otro relincho sonoro y después se acercó a su amo, acariciándole las manos, con su belfo tibio y cubierto de espuma.

El muchacho no vaciló más y creyendo en un milagro, otra vez montó en su noble amigo emprendiendo el camino peor de toda la travesía: el desolado desierto de Santiago del Estero, tan espantoso y solitario como los temibles arenales africanos. Así, bajo un sol abrasador, pisando la arena ardiente, galopó todo el día, deteniéndose a ratos para dar descanso a su maravilloso alazán, que sin mostrar fatiga, lo miraba como invitándole a continuar la marcha.

Varias aves de rapiña revoloteaban por encima de sus cabezas, esperando que caballo y jinete cayeran rendidos, para lanzarse sobre ellos y llenar sus buches de comida fresca. Pero el alazán no se daba por vencido y así prosiguió toda esa noche, con su constante galope corto y parejo, hasta que los primeros rayos del sol los sorprendieron junto a la tranquera de la tercera posta del largo trayecto.

"Esta vez sí te cambiaré", dijo el muchacho echando pie a tierra. "¡Has probado ser bueno, pero si continúas así reventarás!". Y comenzó la tarea de desensillar, mientras el dueño de la posta le preparaba otro caballo negro y lustroso. Pero la sorpresa de Benavides llegó a su colmo, cuando volvió a oír el relincho del noble bruto, su lastimera petición:

"¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!..."

El jinete desde entonces prosiguió la marcha con un miedo casi supersticioso y al llegar a cada posta, escuchaba el agudo relincho que le volvía a suplicar...

"¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!..."

Así continuó el soldado su camino, durante días, que se convirtieron en semanas, cruzando llanuras, lomas, caudalosos ríos, arenales inhospitalarios, bosques poblados de alimañas y, en cada posta que se detenía para el relevo, el alazán alargaba su pescuezo, sacudía su cuerpo sudoroso y lanzaba a los vientos su potente relincho que más bien parecía un clarín de batalla:

"¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!..."

Por fin, un día, desde la pampa solitaria, Benavides y el alazán, contemplaron a la distancia, las torres de las iglesias de Buenos Aires y los tejados rojos de sus casas. ¡Estaban llegando!

Breves momentos después, hacían su triunfal entrada por la calle de la Reconquista y penetraban en la ansiada Plaza de las Victorias, donde se levantaba el Cabildo, punto terminal de tan maravilloso viaje. ¡Benavides no cabía en sí de orgullo!
Como lo juró al heroico general Manuel Belgrano, ató su noble y tenaz caballo en el palenque de la Casa histórica y entregó el sobre que contenía el parte de la batalla de Salta a los hombres que gobernaban en aquel tiempo el país.

¿Y el alazán? ¡El alazán había cumplido con su deber! ¡Entonces, se sintió rendido! ¡Una angustiosa fatiga lo dominó hasta hacerlo arrodillar en el suelo áspero de la calle!

La gente lo contemplaba dolorida y suspensa. ¡Un estremecimiento de muerte agitó sus patas y lanzando un postrer relincho, que semejaba al toque de clarín de la victoria, cayó para siempre entre un charco de sangre que brotó de sus narices!

¡El noble bruto había realizado algo maravilloso, casi increíble, y esto... no era sino un ejemplo sencillo de lo que puede el poco esbelto caballito criollo, nervioso y de espesas crines, pero de una resistencia inigualada por sus congéneres del mundo!

A ese animal pequeño y valiente... a esos nobles amigos que pueblan los campos argentinos, es a los que un gran poeta les ha cantado en estrofas inolvidables:

"¡Caballito criollo del galope corto,
del resuello largo, del instinto fiel...
Caballito criollo que fue como un asta
para la bandera que anduvo sobre él!"

¡Y ésta es la verídica historia del caballito incansable!

El Caballo Amaestrado
(Fábula anónima)

Un ladrón que rondaba en torno a un campamento militar, robo un hermoso caballo aprovechando la oscuridad de la noche. Por la mañana, cuando se dirigía a la ciudad, paso por el camino un batallón de dragones que estaba de maniobras. Al escuchar los tambores, el caballo escapo y, junto a los de las tropa, fue realizando los fabulosos ejercicios para los que había sido amaestrado.

"¡Este caballo es nuestro!", exclamo el capitán de dragones. "De lo contrario no sabría realizar los ejercicios. ¿Lo has robado tu?", le pregunto al ladrón.

"¡Oh, yo...! Lo compre en la feria a un tratante..."

"Entonces, dime como se llama inmediatamente ese individuo para ir en su busca, pues ya no hay duda que ha sido robado."

El ladrón se puso nervioso y no acertaba a articular palabra. Al fin, viéndose descubierto, confeso la verdad.

"¡Ya me parecía a mí" exclamo el capitán "Que este noble animal no podía pertenecer a un rufián como tu!".

Moraleja: el ladrón fue detenido, con lo que se demuestra que el robo y el engaño rara vez quedan sin castigo.

El Caballo Asustadizo
(Godofredo Daireaux - Fábulas argentinas)

Un caballo quería mucho a su amo; también lo quería mucho éste a él, porque era bueno y guapo, y siempre hubieran vivido en la más perfecta armonía, si el caballo no hubiera sido tan asustadizo. Una rama meneada por el soplo de la brisa; la sombra de una nube, el ladrido de un perro, el silbido del viento, todo era pretexto para que se espantara, cortara huascas y disparara. Un animal bueno, donde los hubiera, pero enloquecido por el miedo.

Un día, iba montado por su amo, ambos medio perdidos en los sueños que tan a menudo nacen, se desvanecen y se renuevan con el suave hamaqueo del galope, cuando de repente el caballo se golpeó una mano con un tocón colocado en el mismo medio del camino que seguían oculto por las malas hiervas. Fue cosa rápida: el caballo pegó una espantada tal, que volteó sin remedio al amo en la zanja, y emprendió la carrera como perseguido por la misma osamenta.

En la disparada loca, cegado por el miedo, sin tener otra idea que la de huir, huir lejos, huir siempre, puso la mano en una madriguera lastimándosela. Aun y así, continuó su espantada, llevándose por delante un alambrado de espinos. Tras un tropezón cayó de un lado, dándose un revolcón perdiendo la montura. Se levantó y volvió a caer del otro lado, al pisar las riendas que en la caída se habían venido hacia delante, lastimándose más aun al arrancarse la cabezada. Cruzó cerca de un rancho, y los perros lo siguieron hasta morderle las patas; al querer escapar de ellos. Atravesó a toda carrera un charco pantanoso donde pisó mal y se lastimó un pie, y cuando por fin llegó, sin saber cómo, hasta su establo, cojo, ensangrentado, medio agotado, lastimado por todas partes, su dueño enfurecido agarró la fusta y le pegó una tremenda.

Moraleja: no hay peor consejero que el miedo, y a cualquier peligro, aunque no sea más que con gritos, siempre hay que hacerle frente.

El Caballo Enriquecido
(Godofredo Daireaux - Fábulas argentinas)

Cultivando tierra virgen se enriqueció un caballo; y para disfrutar su fortuna como la gente, resolvió proteger a los artistas.

Se rodeó de cantores y los probó con mucha paciencia, acabando por desechar a los que, como los canarios, cantaban tan finito que apenas se oían, para quedarse con una orquesta de urracas y halcones, que con sus gritos entorpecían perfectamente cualquier conversación... y lo más importante, cobraban menos.

Mandó llamar a los tapiceros para adornar su casa, y después de enojarse con la chinchilla porque le pedía un precio loco por cada metro cuadrado, trató con la Nutria que, por muchísimo menos dinero le hizo un trabajo muy bueno, a su parecer.

Hizo venir a la mariposa; y quería que le pintase toda una pared con dibujitos iguales al de sus alas, prometiendo pagarle bien. La mariposa se rió y le hizo un cálculo de lo que podría valer que lo dejó pasmado.

Moraleja: nunca pudo comprender que ciertos artistas fueran tan exigentes por obras tan pequeñas, cuando tantos, por mucho menos, hacen trabajos de gran tamaño.

El Caballo y el Buey
(Godofredo Daireaux - Fábulas argentinas)

Un buey y un caballo comían en el mismo prado a su respectiva discreción. El buey comía ligero, buscando los sitios donde el pasto más alto le permitía alzar, en cada bocado, media carretillada; tragaba casi sin mascar y echaba cada panzada que daba miedo. Después se dejaba caer pesadamente en el suelo, y durante las horas rumiaba tranquilo.
El caballo también comía a su gusto, pero sólo cuando no estaba ensillado; y aunque se hubiese apurado entonces, de día y de noche, no hubiera alcanzado a comer ni la mitad de lo que el buey en unas pocas horas alcanzaba; y comparando los servicios prestados por ambos, no podía menos de pensar que poca cuenta tenía que hacer al amo el mantener a aquel holgazán comilón.

Pero el amo un día se llevó el buey, que, de gordo, apenas podía caminar; y preguntó el caballo a un halcón que desde un poste del alambrado seguía con interés la operación, a dónde llevaban a su compañero.

"Pues se lo llevan al matadero", chilló alegremente el Halcón; "¿No ves que gordo está? ¡Qué cantidad de comida van a sacar de él!"

Moraleja: el caballo comprendió que hay en esta vida varios modos de pagar el gasto.

El Caballo y el Burro
(Godofredo Daireaux - Fábulas argentinas)

Un burro cargado con grandes canastas llenas de verdura, se metió en un pantano. Mientras estaba haciendo mil esfuerzos para salir a la orilla, pasó un caballo tirando con toda facilidad de un carrito vacío. Bien hubiera podido ayudar al burro; pero miró y pasó. El burro siguió esforzándose, callado, resignado, hasta librarse solo del mal paso.

Algún tiempo después, el burro, desensillado, estaba paciendo con toda tranquilidad, cuando pasó el caballo atado a una volanta tan llena de gente, que apenas le daban las fuerzas para caminar al tranco. El burro levantó la cabeza, miró y siguió comiendo.

El caballo no pudo contener su indignación y lanzó tres o cuatro relinchos expresivos a ese grosero, egoísta, mal criado, que no era capaz de ayudarle, viéndolo tan mal parado. El burro se hizo el desentendido, acordándose de lo de anterior, y pensando, con razón:
Moraleja: que al rico que no ayuda al pobre, hay que negarle el agua en medio del pantano.

El Gaucho y el Potro
(Godofredo Daireaux - Fábulas argentinas)

Un gaucho iba a domar un potro. No le faltaba valor y hasta lo tenía de sobra, pero se le ocurrió, para ablandar la situación quizá, que lo ensillaría sin atarle las manos. Un colega le aconsejó de no hacerse el valiente, haciéndole observar que el animal era nervioso y que sin sujetarle las manos antes, iba a ser muy trabajoso el lidiar con él.

El gaucho no quiso escuchar, y como si hubiera sido apuesta, empezó la operación.

Por supuesto que diez veces volaron los arneses y que para alcanzar a colocarle el equipo fue trabajo sin igual; pero fue peor cuando se trató de apretarle la cincha.

El gaucho era vivo, fuerte, ágil; conocía las artimañas del caballo más endiablado, pero asimismo no pudo acabar de ensillar al potro y resultó pisoteado.

Moraleja: no hay duda que a veces bien se llega a ensillar un potro sin sujetar las manos; pero teniendo valor, es tontería no usarlo.

El Hombre y sus Amigos
(Paulo Coelho)

Un Hombre, su caballo y su perro iban por una carretera. Cuando pasaban cerca de un árbol enorme cayó un rayo y los tres murieron fulminados.
Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales (a veces los muertos andan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición…)

La carretera era muy larga y colina arriba. El sol era muy intenso, y ellos estaban sudados y sedientos. En una curva del camino vieron un magnífico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro. El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló con él, el siguiente diálogo:

"Buenos días".

"Buenos días" Respondió el guardián.

"¿Cómo se llama este lugar tan bonito?"

"Esto es el cielo".

"Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos!"

"Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera". Y el guardián señaló la fuente.

"Pero mi caballo y mi perro también tienen sed…"

"Lo siento mucho pero aquí no se permite la entrada a los animales". Dijo el guardián.

El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima sed, pero no pensaba beber sólo. Dio las gracias al guardián y siguió adelante.
Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puerta vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles…
A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero. Posiblemente dormía.

"Buenos días". Dijo el caminante.

El hombre respondió con un gesto de la cabeza.

"Tenemos mucha sed, mi caballo, mi perro y yo".

"Hay una fuente entre aquellas rocas" dijo el hombre, indicando el lugar.

"Podéis beber toda el agua como queráis".

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed. El caminante volvió atrás para dar gracias al hombre.

"Podéis volver siempre que queráis". Le respondió éste.

"A propósito ¿Cómo se llama este lugar?" Preguntó el hombre.

"CIELO" Respondió.

"¿El Cielo? Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!".

"Aquello no era el Cielo. Era el Infierno". Contestó el guardián.

El caminante quedó perplejo.

"Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡Esta información falsa debe provocar grandes confusiones!". Advirtió el caminante.

"De ninguna manera!" Increpó el hombre.

"En realidad, nos hacen un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos…"

Moraleja: Jamás abandones a tus verdaderos Amigos aunque eso te produzca inconvenientes personales. Si ellos han estado dándote su amor y compañía has contraído una deuda: No abandonarlos nunca.
Porque: Hacer un Amigo es una Gracia, Tener un Amigo es un Don, Conservar un Amigo es una Virtud, Ser Tu Amigo! Es un Honor…

El Juicio

En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.

Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo pero el hombre decía:"Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?". Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo.

Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo: "Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!".

"No vayáis tan lejos", dijo el viejo. "Simplemente decid que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?".

La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no solo eso sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.

De nuevo se reunió la gente diciendo: "Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte".

"De nuevo estáis yendo demasiado lejos", dijo el viejo. "Decid solo que el caballo ha vuelto... ¿quien sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Estáis leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo podéis juzgar el libro entero?".

Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...

El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:

"De nuevo tuviste razón, dijeron. "Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad el era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca".

"Estáis obsesionados con juzgar", dijo el viejo. "No vayáis tan lejos, sólo decid que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.

Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.

"Tenías razón viejo era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre".

"Seguís juzgando, dijo el viejo. Nadie sabe. Sólo decid que vuestros hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Solo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda".

Moraleja: No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer.

Era un Niño
Antonio Machado

Ese niño que esperaba
cada día al despertar
a un caballito blanco
que nunca pudo olvidar.

En sus sueños se veía
a sí mismo cabalgar
en un caballito blanco
que corría sin cesar

Su fantasía crecía,
aumentaba su ilusión,
pero no encontró consuelo
en su triste habitación.

Aquel pequeño muchacho,
no dejaba de esperar
que algún un día le trajesen
un caballo en que montar.

Pero no tuvo el caballo
que tanto y tanto añoró
y desesperado el niño
del caballo se olvidó.

Mas un día al despertar
El niño creyó soñar.
Vio ante él el caballo
con el que quería jugar.

El niño mucho creció
y poco a poco olvidó,
al caballo de cartón
con el que tanto jugó.

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.

Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!

La Alevosía de la Venta
(Leyenda española)

Cuentan las crónicas asturianas referentes a la región de Pravia, que hubo en una de las aldeas de esta parroquia, un cura llamado Don Casimiro, hombre excelente si los hay, a quien adoraba toda la feligresía en veinte leguas a la redonda.

Este santo varón, ya entrado en años tenía un caballo tan viejo como él, al que profesaba gran cariño. Le servía para ir de aldea en aldea de su feligresía, a fin de visitar enfermos y pobres desvalidos, confesar moribundos, bautizar recién nacidos y enterrar a los muertos.

Lucero, así se llamaba el caballo, era blanco, o mejor dicho, lo había sido, pues los años, los trabajos y las largas caminatas le habían tornado el pelaje de un color amarillento, apagado y desvaído. De todos modos, el buen cura sentía por su caballo un cariño entrañable, y lo asociaba bondadosamente a todos los regocijos y fiestas familiares en que él intervenía; por eso, no había bautizo, por pequeño que fuese, en que Lucero no participase de las peladillas o las torradas; ni boda de postín o boda humilde, hecha por Mosén Casimiro, en que el caballejo no se regalara largamente con un buen puñado de terrones de azúcar, amén de cualquier otra golosina.

Y, sin embargo, a pesar de este cariño entrañable que experimentaba el cura su rocín, desde hacía tiempo tenía el hombre un resquemor que le roía y no le dejaba reposar tranquilo. ¡Lucero, hablando en plata, no podía tenerse! Se caía materialmente de viejo. Si el buen cura tenía que ir a aldeas o caseríos lejanos, el pobre caballo sufría lo indecible, y su amo casi más que él, viéndole renquear, soplar, resoplar, estornudar, distender los músculos dolorosamente en las cuestas, cuando no se paraba jadeante, en medio del camino, como si le dijera a su dueño: "¡Perdóname! ¡No puedo más.! ¡No puedo con mi alma!".

Echaba a veces pie a tierra el cura; subía las cuestas y recorría los malos trayectos de los caminos llevando a Lucero de las riendas. Además, por si esto era poco, siempre llevaba en el morral de la silla unas pocas algarrobas, un par de puñados de maíz y unos terrones de azúcar, con los cuales regalaba de vez en cuando a la cabalgadura; pero ni aun así conseguía hacer carrera de él. ¡Lucero se moría, se moriría el día menos pensado, y dejaría a su amo en el camino, quién sabe si en medio de alguno de aquellos pinares o robledales interminables, donde se comerían a Mosén Casimiro los lobos!

Un mucho por este temor, un poco también por avaricia y por cálculo (que hasta los santos, dice Santo Tomás, tienen sus malos pensamientos) es lo cierto que Mosén Casimiro, luego de pensarlo mucho y de considerarlo semanas y meses, se decidió al fin: vendería el caballo. Después de todo, sería una locura obstinarse en conservar un animal que, el día menos pensado, le darla un susto.
Y Mosén Casimiro, sin decir nada a la buena ama Petra, pues se habría opuesto, desde luego, a sus designios, ni a su sobrina (ésta adoraba al caballo como a un perro fiel).

Emprendió, en un hermoso amanecer de mayo, el camino de Ribadeo, donde se celebraban ya por entonces ferias famosísimas de ganados. Al ama y la sobrina les dijo iba a ver a unos amigos y a la vez a hacer unos negocios con productos de sus fincas.
Como el cura realizaba dos o tres veces al año el viaje a Ribadeo, jinete siempre en su fiel Lucero, nada extrañó a éstas y le vieron partir, cual de costumbre.

El buen cura tenía que hacer "de tripas corazón". Él no recordaba haber hecho en su vida daño a una mosca, e iba a consumar, ya en plena vejez, una mala acción, al vender a aquel compañero de fatigas y penas, a aquel noble y bondadosísimo animal, que le entendía tan bien como sus perros de caza; que relinchaba de placer al verle o al oír su voz desde lejos, y que había nacido en el establo de la casa; pero, ¡qué remedio!, la vida tiene a veces exigencias y el cura endurecía su corazón ante la perspectiva de un buen caballo, brioso y valiente, con el cual le sería fácil y cómodo viajar a su antojo por valles y sierras.

Al llegar a Ribadeo, fue a hospedarse Mosén Casimiro en el mismo parador donde lo hacía desde tiempo inmemorial, mezcla de posada y de hospedería, y después de cambiar su sotana y acicalarse un poco, bajó de nuevo a la caballeriza, y se llevó a Lucero, casi sin quererlo mirar, al cercano mercado de bestias.

Pronto se puso al habla con unos gitanos; le ofrecieron varios ejemplares de caballos, y se interesaron por la compra de Lucero. Mosén Casimiro, como el criminal por la fuerza, vendió su jaco, al fin, ¡en treinta duros! Nadie le ofreció más en toda la feria. Realizada la venta, y por no ver más al pobre animal, Mosén Casimiro regresó a su hospedería, para comer y quedó con los gitanos en que, a cosa de las tres volvería al ferial, a fin de probar algún caballo que valiera la pena.

El cura, regresó al mercado. Los gitanos le presentaron un caballo negro, de la misma alzada que Lucero. Montó, Mosén Casimiro y comprobó que marchaba bien y con brío. Le recordaba a Lucero cuando era joven; le subiría las cuestas y los malos caminos en un decir Jesús.

Tras no poco regateo, el cura pagó por el caballo sus buenas miles de pesetas. Y, en seguida, recogió el hatillo en el parador y emprendió el regreso hacia su casa, pues no quería ser sorprendido por la noche en el camino, y éste era largo.

Iba contento ahora Mosén Casimiro. Pensaba que la compra merecía su sacrificio. Este caballo que los gitanos le habían dicho se llamaba Babieca, (como el del Cid) aunque no tenía el paso muy vivo dando señal de carácter manso y dulce, de vez en cuando daba arrancadas magníficas, como los caballos de pura sangre, y corría largo trecho sin mostrar fatiga alguna. Además; miraba hacia atrás, de reojo, cuarteando las ancas un poco, tal cual hacen los potros cuando están próximos a espantarse, y el buen cura le acariciaba el cuello, largo y delgado como el de Lucero, o le cogía las crines, igual que las de éste cortas y espesas.

De pronto, cuando ya llevaban caballo y caballero su buena hora de camino, acaeció algo muy frecuente en Asturias: las nubes se enfurruñaron, el cielo tomó un aspecto plomizo, estalló un trueno que rodó por el valle verde, y en un momento terribles cataratas de agua cayeron sobre la tierra, en una de aquellas tormentas norteñas capaces de deshacer los montes.

Mosén Casimiro, se encontraba en pleno despoblado. Llevó su caballo debajo de una encina, a pesar del peligro, bien sabido, de cobijarse bajo las arboledas en tiempo de borrasca y tronada. De todos modos, en un momento él y el caballo habían quedado hechos una sopa, y todavía, a pesar de la protección del ramaje y de la vieja sombrilla del cura (paraguas y sombrilla, a la vez) se mojaban debajo del árbol tanto o más que si estuvieran en medio del camino.

De repente, Mosén Casimiro frunció el ceño, al observar una especie de fenómeno inexplicable: el caballo cambiaba de color. Era negro cetrino y empezaba a volverse por algunos sitios gris, y por otros, blanco. Se inclinó casi fuera de la silla, observó un lado y las patas del animal, miró al suelo... y entonces un asombro infinito, primero, una especie de sorda cólera después, le embargaron. ¡Ya era evidente! El caballo, no cambiaba de color; sencillamente se despintaba. La pintura negra chorreaba por todos los pelos del animal, por las patas, por la panza, por las crines. "¡Ah, bandidos!", exclamó el cura. "¡Los gitanos me han vendido un caballo blanco, camuflado de negro, supiera Dios con qué designio!"

Ciego por la ira, el viejo echó pie a tierra para observar mejor aquel fenómeno, aquella burla sin nombre.

"¿Quién me mete a mí a tratar con gitanos? ¡Soy un perfecto tonto! Este caballo debe ser tan viejo o más que Lucero, y los bandidos esos..." murmuraba entre dientes.

De pronto se calló. Al dar vueltas al animal, que se mostraba inquieto y coceador, y estaba ya despintado casi por completo, había llegado a situarse frente al rostro del mismo, y al mirarle en los ojos, había creído reconocer... ¡al propio Lucero!

El cura, medio enloquecido por la sorpresa, se llevó ambas manos a la boca, y estuvo mirando un gran rato al caballo. Al fin, se convenció: ¡aquel era Lucero!

"¡Lucero!", dijo por último con un grito ahogado, que le salió al buen párroco del mismo corazón. "Lucero, ¿eres tú?"

El sufrido animal (pues, en efecto era Lucero) relinchó de gozo, al verse nombrado por su amo, y le miró con sus grandes ojos combos, de inocencia, como diciéndole:

"¡Mira lo que han hecho conmigo!... ¡Me han pintado, me han martirizado, me han sometido a mil torturas, para transformarme ante tus ojos en un magnífico caballo negro; pero, este terrible calvario lo doy por bien empleado porque así tú has llevado el escarmiento que te merecías!"

Todo esto, que pensaba el cura, debía estar también pensándolo el caballo, y Mosén Casimiro, en cuya alma bondadosa se había borrado casi de repente la cólera, para dar paso a una alegría desbordante y ruidosa, exclamó ahora, ya seguro:

"¡Sí, eres tú, tú, mi Lucero querido! ¡Ah, qué alegría!... Pero, ¿por qué te muestras tan inquieto y coceador, tú que eres un pedazo de pan?..."

Volvió a relinchar el caballo; levantó en el aire ambas patas, al tiempo que miraba a su amo, como si quisiera decirle:

"¡Busca, hombre!... ¡Acabarás por comprender toda la maldad y la perfidia de esos gitanos a los que me vendiste y los cuales luego me han revendido a ti mismo, haciéndome pasar por el caballo del Cid!"

Y el cura acabó por comprender. Mirando, mirando a su Lucero, descubrió, en el nacimiento de la cola, una cuerda atada. La cuerda, pintada de negro asimismo, se desteñía con la lluvia, y permitió al cura descubrir un bultito oscuro, colocado debajo del rabo. Cortó la cuerda y examinó aquello: era media guindilla, de esas llamadas de maceta, muy picantes, que le habían colocado al pobre animal en el punto más sensible, para que el escozor y el picor le espantaran de continuo, y le comunicaran unos arrestos olvidados, hacía muchos años, por el decrépito caballejo.

Así comprendió el cura por qué el triste animal andaba ligero, daba arrancadas de caballo inglés, y, de vez en cuando, inclinaba las ancas o las ladeaba, como hacen los caballos de raza cuando notan que les tascan el freno.

Lucero había lanzado un relincho de gozo al verse libertado por su amo de aquel suplicio, y quedó desde entonces con su acostumbrada inmovilidad y mansedumbre, cual si fuera de piedra.

Y Mosén Casimiro dio rienda suelta a la emoción que le embargaba; rompió a llorar como un niño, se abrazó al cuello del querido rocín, como Sancho al encontrar a su asno, y musitó, entre apenas contenidos hipos de llanto:

"¡Oh, Lucero mío: perdóname! ¡Perdona a este pobre viejo, si, en un momento de mala pasión, llegó a olvidarte y a venderte por un puñado de pesetas! ¡A las que yo tuve que añadir muchas más para comprarte; pero bien empleado se me está, por avaro, por mal intencionado y mal hombre! Ahora, yo te juro que te morirás de viejo al lado de tu amo".

Y cuenta la leyenda que, en efecto, Lucero, murió, viejísimo, medio paralítico y casi ciego, en la casa rectoral del padre Casimiro, quien nunca se perdonó lo que él llamaba "la alevosía de la venta".

La Parábola del Caballo

Un campesino, que luchaba con muchas dificultades, poseía algunos caballos para que lo ayudasen en los trabajos de su pequeña hacienda.

Un día, su capataz le trajo la noticia de que uno de los caballos había caído en un viejo pozo abandonado. El pozo era muy profundo y sería extremadamente difícil sacar el caballo de allí.

El campesino fue rápidamente hasta el lugar del accidente, y evaluó la situación, asegurándose que el animal no se había lastimado. Pero, por la dificultad y el alto precio para sacarlo del fondo del pozo, creyó que no valía la pena invertir en la operación de rescate.

Tomó, entonces, la difícil decisión: determinó que el capataz sacrificase al animal tirando tierra en el pozo hasta enterrarlo, allí mismo. Y así se hizo.

Los empleados, comandados por el capataz, comenzaron a lanzar tierra adentro del pozo de forma de cubrir al caballo.

Pero, a medida que la tierra caía en el animal este la sacudía y se iba acumulando en el fondo, posibilitando al caballo para ir subiendo. Los hombres se dieron cuenta que el caballo no se dejaba enterrar, sino al contrario, estaba subiendo hasta que finalmente, consiguió salir!

Si estas "allá abajo", sintiéndote poco valorado, y los otros lanzan sobre ti la tierra de la incomprensión, la falta de oportunidad y de apoyo, recuerda el caballo de esta historia.

Moraleja: no aceptes la tierra que tiran sobre ti, sacúdela y sube sobre ella. Y cuanta más tiren, más irás subiendo, subiendo, subiendo...

La Burra y el Potrillo
(Godofredo Daireaux - Fábulas argentinas)

Una yegua de carreras dio a luz, hijo de un caballo célebre por sus triunfos, un magnífico potrillo, pero murió antes de haberlo podido criar.

En el mismo "stud" había una burra criando; le quitaron su pollino y le dieron el potrillo para que lo amamantara.

Lo crió bien e hizo un buen papel de madre. Pero le enseñó desde chiquito tantas mañas de su especie, que toda su vida quedó el potrillo remolón y testarudo, y poco faltó para que también le saliera una cruz en la espalda y aprendiera a rebuznar. Tanto que la burra calculaba que si pudiese conseguir que se le confiaran muchos potrillos, pronto dominarían en el stud los burros.

Moraleja: gobernar a la juventud es gobernar al pueblo.

Los Caballos que Cambian de Color
Cuento Navideño - Pepita Turina

Nacieron en distintas fechas, unos antes, otros después, de padres y madres diferentes: unos alazanes, otros bayos, unos overos, otros pintojos. Los más, de un color café oscuro, retintos, casi negros. Nacieron de cuanto color hay caballos, menos blancos, porque a esa región no habían llegado nunca yeguas ni caballos de ese color.

Eran hermosos, semisalvajes. Nadie les cortaba la tusa ni la cola. No conocían las tijeras. Y su andar, su correr ágil, era libre y natural: las crines de sus cuellos y de sus colas ondeaban en sus trotes y carreras con un ritmo hermoso.

Todos eran poco apacibles, desconocedores de las riendas y de las enseñanzas de utilidad doméstica; pero, cerca de los niños, olían la amistad, se dejaban tocar y caminaban lentamente al lado de ellos, siguiéndolos en sus incursiones por el campo, llegando a veces a lugares apartados y bosques desconocidos.

Cuando iban naciendo los potrillos, en los niños crecía la felicidad y se acercaban aún más hasta ellos. Y como el potrillo jamás se separa de su madre y sigue todos sus andares, los niños formaban parte del grupo familiar, lo integraban y hablaban con el caballo chico como si fuera a aprender el lenguaje de ellos, repitiendo lo que ellos les decían:

"¿Vamos a pasear? ¿Tienes hambre?"

Muchas preguntas, más que respuestas. Los potrillos los miraban y cuando los niños se sentaban en el suelo, ellos también se tendían a descansar.

Entre los niños había uno más soñador. Su padre tenía una biblioteca llena de libros. Y nadie le prohibía acercarse a ellos y mirar lo que allí habla. Es que no sabia leer. Todavía no habla ido a la escuela y parece que en esa biblioteca no se guardaban 1ibros con estampas prohibidas, que no pudieran ver los niños. Así es que él sacaba libros y libros para mirar los que estaban ilustrados.

Había un libro de dibujos coloreados, donde aparecían muchos caballos blancos. Cuando el pequeño los descubrió, salió aquel día a mirar y a recorrer todo el campo. Examinó cada caballo y lamentó no encontrar ninguno blanco. Esperó mucho tiempo, un año, dos años. vio potrillos nuevos que nacían durante cada temporada. Ninguno fue blanco.

"¿Por qué? ¿por qué? por qué?", preguntaba.

"No tienen herencia blanca. No han llegado aquí caballos blancos."

"Cuándo mi papá viaja ¿no puede traer uno?", interrogaba.

"Tu papá no se preocupa de caballos", le decían. "Va a la ciudad donde no hay caballos".

"¿Y qué hay?"

"Automóviles. Son lindos. Pero meten mucho ruido", comentaba. "No lo siguen a uno cuando camina. No lo miran. Yo no hablaría con un auto".

"Los caballos tampoco te contestan".

"No. Parece que me entienden. Me miran, me siguen, se alegran cuando los toco. Son mis amigos"

Aquella noche del 24 de diciembre fue excepcional. Nadie podía dormir. Era una noche calma y clara. No corría una brisa. Parece que no oscurecía. Algo en el aire anunciaba un acontecimiento singular. Todas las estrellas brillaban más. Y de repente, emergiendo como un sol tras las montañas, apareció una estrella gigante, resplandeciente, multiplicada en haces que iluminaban desde el cielo a la tierra. Grandes y chicos se levantaron a mirar esa claridad sobrenatural. La estrella se movía como un farol guía que mostrara un camino. Los caballos empezaron a seguir ese fulgor, y a medida que avanzaban, centellas de luz los iban envolviendo, destiñendo sus pelajes y dándoles una inmaculada blancura. A medida que recibían las chispas fulgurantes de la estrella, tomaban el más puro color blanco.

El niño soñador, con ojos asombrados vio esta transformación. Pero, una pena inmensa lo cogió cuando los caballos se fueron alejando del lugar en pos de la estrella, hasta perderse de vista. Lloró y lloró, sintiéndose enemigo de esa estrella ladrona que le había robado los caballos.

Los caballos caminaron y caminaron guiados por esa luz. Al llegar a un pesebre donde había nacido un niño, a quien llamaban Jesús o Niño-Dios, formaban una tropilla blanca y su pelaje brillaba como iluminado. Allí se detuvieron toda la noche y al amanecer tomaron el camino de regreso.

Cuando volvieron, el niño salió a recibirlos al camino. Saltaba y aplaudía de contento. Reía, gritaba, llamaba a sus compañeros, para que se alegraran junto con él del retorno de los caballos y de que todos se hubiesen convertido en tan blancas y lindas bestias, corno las de las ilustraciones del libro que él habla visto.

Y desde entonces ese lugar se llama la "región de los caballos blancos", porque en todo el globo, en ninguna parte, hay caballos más blancos que los que allí viven, que los que allí nacen.

Los Caballos que no Querían Amo
María Eastman

En una hacienda de caña había un caballo color melado, que a fuerza de trabajar y comer mal, mostraba las costillas y parecía que iba a desarmarse. Durante la semana cargaba caña y el domingo traía el mercado del pueblo. No conocía, pues, día de descanso. Por otra parte, las moscas no le dejaban punto de reposo, revoloteando alrededor de las mataduras que tenía en el lomo. ¿Comida? Apenas la poca hierba que encontraba en el potrero. Sintiéndose viejo y enfermo pensó que muy pronto lo matarían para aprovechar su piel. Había sido resignado, pero no hasta el punto de dejarse matar después de tanto sufrir. Resolvió huir de la hacienda en busca de mejores aires. Como lo pensó lo hizo. Al amanecer salió al camino y se dirigió al pueblo; no se le ocurrió irse al monte porque estaba seguro de que por allá irían a buscarlo, mientras que a ninguno se le ocurriría que estaba en la ciudad. Era malicioso el viejo caballo. Iba medroso porque creía encontrar enemigos en todas partes.

Al pasar por la hacienda vecina salió un perro conocido suyo. "Ahora, éste va a contar que me vio y estoy perdido", se dijo para sí. Resolvió hablarle con franqueza y contarle que se iba, aburrido de soportar a sus amos. El amigo le concedió la razón y le prometió guardar secreto. Camino adelante, las moscas empezaron a atormentarlo volando alrededor de sus heridas que se habían irritado con el calor. "No puedo seguir con este sol tan fuerte", y se internó en el monte vecino; se echó sobre la hierba. "¡Qué gusto!", dijo. ¡Cómo se sentía de libre! Se revolcó gozoso y dio fuertes relinchos. Cuando refrescó la tarde siguió su camino y anduvo gran parte de la noche. Ya iba por campos desconocidos para él, que nunca había salido de los límites del pueblo. Se sintió trotamundos y se culpó de haber permanecido tanto tiempo en la finca; solo ahora sabía lo que era vivir. ¡Qué pastos tan fértiles y tiernos! ¡Qué arroyos más frescos! Había casas a lado y lado del camino y se encontraba a cada paso con otras bestias que lo saludaban con un alegre ¡adiós, camarada! Era todo tan agradable y tan fácil. Ya no le dolían las heridas y hasta las moscas escaseaban cerca de él.

Avanzada la noche se entró por un potrero hasta cerca de una casa, cuando oyó que varios caballos conversaban en un pesebre y se acercó. Se quejaba uno del mal trato que le daba su amo haciéndolo trotar todo el día sin descanso. "Melado" entonces le propuso que se fueran juntos, y el otro, ni corto ni perezoso, aceptó. Ya eran dos e iban felices relatándose sus quebrantos.

Servían hoy a un labriego, mañana transportaban leña, al otro día caminaban; así iban ganando el sustento y adelantaban camino. Hicieron valiosas relaciones y aprendieron cosas útiles. Primero se hicieron amigos de un caballo de carreras que los invitó a la pista para que lo vieran correr. Los dos caballos campesinos estaban deslumbrados; jamás habían visto tanta gente reunida, ni caballos tan enjaezados y que corrieran tan aprisa. Pero se alejaron desengañados al comprender la envidia y la rivalidad que existía entre esos caballos; las gentes los habían dañado prodigándoles elogios.

En un pueblo donde pernoctaron, trabaron amistad con una pareja de yeguas de tiro que arrastraban el coche de una anciana señora. Eran blancas, gordas, con crines cuidadas y muy presumidas ellas. Parados al borde del camino las vieron al día siguiente uncidas a su vara, erguidas y solemnes. No; tampoco aquella vida era envidiable por más que las mimaran. Siguieron adelante. En un recodo se pararon en seco; entre la cuneta había un pobre caballo que no podía valerse; los generosos amigos lo ayudaron a salir y él les dijo que su amo lo había abandonado por inútil. Si el amo cruel hubiera entendido el lenguaje de los caballos habría huido horrorizado al saber lo que de él decían. Siguieron marchando más despacio para que el enfermo pudiera seguirlos. Como ya eran tres, resolvieron ponerse un nombre, repartir el trabajo y ayudarse mutuamente. "Melado" escogió para su primer compañero el nombre "Amigo" y el de "Infortunado" para el último llegado. Fue "Melado" el jefe natural porque era el más recorrido e inteligente. "Amigo" le ayudaría en todo y sería como su secretario. El "Infortunado" no tendría que hacer por el momento sino reponerse. Corrieron los días y los tres compañeros fueron por regiones montañosas de donde descendían grandes corrientes de agua; pasaron ante socavones por cuyos agujeros salían hombres tiznados; vieron las dragas en las minas de aluvión: se pararon muchas veces mientras pasaba el ferrocarril y siempre se les volvía cosa de maravilla que aquél corriera tanto sin necesidad de caballos; caminaron por la orilla de un gran río y vieron deslizarse por él barcos inmensos; fueron luego por entre maizales verdes, por sembrados de caña, por platanales extensos; pasaron más tarde por pastales altísimos, llenos de novillos. Estaban embriagados de dicha, cada vez querían conocer más. Oyeron nombres de ríos, de ciudades y de regiones. "Melado" amaba las montañas porque en ellas había nacido y trepaba ágilmente pero sus dos compañeros se decidían por los valles, sus años y sus enfermedades no les permitían subir con la misma agilidad.

Asistieron, escondidos en el monte, a una cacería de venado y llegaron a interesarse tanto que casi se delatan con sus relinchos.

Pero todo va cansando y "Amigo" fue el primero en manifestar que quería radicarse en algún sitio. "Tendrás que tomar dueño", le dijo "Melado".

"¡Eso nunca!", contestó el caballo. "Entonces: ¿cómo piensas vivir?"

"¡Libre!"

"¡¿Crees que si el hombre te ve suelto y sin dueño te va a durar la libertad?"

"Entonces, ¡huiré!"

"Pues tendrás que vivir huyendo, porque el hombre es igual en todas partes".

"Infortunado", que estaba oyendo, intervino: "Ambos tienen razón: es bueno tener casa, comida y sitio fijos, pero es tremendo tener amo. Podríamos buscar un refugio a donde el hombre no llegue".

"¿A donde el hombre no llegue? Y qué lejos debe estar ese lugar", repuso "Melado".

"Pero debe existir", dijo "Amigo". "Vamos a buscarlo".

Reanudaron la marcha. El hombre estaba en todas partes; ya era el hacendado, el vaquero, el médico, el leñador o el militar. No había camino por donde pudieran ir tranquilos, monte donde estuvieran seguros o poblado donde pudieran descansar. Sentían siempre que el hombre estaba cerca.

Al fin divisaron la selva y creyeron que habían llegado al término de su viaje, cuando les salió al encuentro una yegua que huía.

"De dónde vienes?", le preguntaron.

"De la selva; allí hay unos colonos y me maltrataban tanto que tuve que escapar.

Se miraron desconsolados. "¿A dónde ir, pues?"

"Yo se a dónde", dijo la recién llegada. "¡Síganme!"

Trotaron felices detrás de ella presintiendo la cercanía de un llano, rico en pastos, con grandes ríos y lejos de los hombres.

Al fin de varias jornadas se presentó a sus ojos un gran arenal; era el desierto.

"Hemos llegado", dijo la yegua.

"Pero aquí no podremos vivir", exclamó "Amigo", "no hay agua ni hierba".

"Además hace un calor insoportable y no veo un árbol que nos dé abrigo", agregó "Melado".

"Aquí no hay vida, todo está muerto", repuso "Infortunado".

"Pues es el único sitio en donde no vive el hombre", dijo la yegua.

Los cuatro amigos se declararon derrotados y se echaron en el límite del campo a esperar la llegada de un amo.

Los Tres Caballos
(Leyenda Brasileña)

Hace muchos años vivió un hombre que tenía tres hijos: uno era herrero, otro carpintero, y el más pequeño, barbero. Este se llamaba Joaquín, y como no estaba contento con su oficio, decidió ir a buscar fortuna por el mundo.

Después de vagar por varios países, llegó a una ciudad donde vivía un rey que tenía unos jardines magníficos. Muchos jardineros trabajaban en ellos; pero inútilmente. Cada noche tres caballos salvajes penetraban en el jardín y destrozaban todo lo que durante el día había sido plantado. Poco duraban los jardineros en su oficio, pues al ver que su trabajo era inútil, se cansaban de trabajar y abandonaban su empleo.

Cuando Joaquín llegó, había muchos puestos vacantes y decidió colocarse allí. Habló al jefe de los jardineros, y se quedó a trabajar en el jardín. Todo el día trabajó sin descanso y sus compañeros le contaron la historia de los caballos. Éste, intrigado por aquel misterio, decidió quedarse a pasar la noche en el jardín. Era valiente y no temía nada; sabía perfectamente que los caballos no hacen daño a un hombre que no les teme.

El jefe de los jardineros se alegró mucho de que Joaquín se quedara a vigilar el jardín aquella noche. Éste cogió su guitarra y comenzó a tocarla, en espera de los caballos. Al poco tiempo oyó un fuerte galopar y pronto distinguió los golpes de las patas de los caballos sobre la puerta; pero siguió tocando sin dar muestras de miedo. Al poco rato no se oía más que la música de su guitarra. Los caballos se habían quedado en la puerta, escuchando aquella música extraña, sin atreverse a entrar en el jardín.

Al día siguiente, el jefe de los jardineros estaba encantado de ver intacto el jardín. Los reyes y su hija, la princesa, pudieron deleitarse paseando por los jardines, que no se hallaban, como de costumbre, devastados.

Durante la noche siguiente, los tres caballos salvajes volvieron a la puerta del jardín y desde allí escucharon de nuevo la música del joven.

La tercera noche también acudieron los caballos y le pidieron a través de la verja unas hojas de col. Joaquín les dio a cada uno unas hojas.
Entonces el caballo blanco le dijo:

"Si alguna vez me necesitas, bastará que digas: -Caballo blanco, ayúdame-, y acudiré inmediatamente".
Después el caballo tordo le dio las gracias por las hojas de col y le hizo un ofrecimiento parecido e igual hizo el caballo negro.

Ahora sabía que si alguna vez los necesitaba podía llamar a cualquiera de ellos, seguro que acudirían al momento.

A partir de aquella noche, los caballos no aparecieron más y el jardín real volvió a recuperar la belleza que desde hacía muchos años había perdido. La princesa, que era muy aficionada a las flores, se pasaba el día en él. Era muy bella Y parecía una flor más.

Pasó el tiempo, y sus padres decidieron casarla. Pero como eran tantos y tan apuestos todos los pretendientes, no sabía por cuál decidirse. Entonces se les ocurrió una idea: el jinete que antes subiera la escalinata de palacio y cogiera el clavel de su pelo, ése sería su prometido.

Todos los príncipes y caballeros tomaron parte en la competición, pero ninguno de ellos logró llegar rápidamente hasta la princesa; los tramos de la escalinata eran tan anchos que no podían ser salvados de un salto y la mayoría caían por el suelo o subían lentamente, lo cual no tenía ningún mérito.

Joaquín, que presenciaba las pruebas, se acordó de la promesa de los caballos y grito:

"¡Caballo blanco, ayúdame!"

Enseguida se presentó ante él, magníficamente enjaezado. De un salto, lo montó y se lanzó a galope tendido hacia donde estaba la princesa, en lo alto de la escalinata.

Subió todos los escalones con una agilidad y una rapidez sorprendente. La princesa le vio venir y reconoció a Joaquín, el joven jardinero, del que hacía tiempo estaba enamorada. Quitándose el clavel del pelo, se lo entregó y le proclamó vencedor.

Todo el mundo le vitoreó; pero nadie le conocía. Alguien aseguró que era un barbero que había abandonado su país en busca de fortuna.
Las bodas fueron magníficas. Al salir de la iglesia, Joaquín oyó los relinchos de los caballos detrás de la puerta del jardín, y cuando quiso verlos, habían desaparecido.

Para Meditación de los Jinetes
Franz Kafka

Nada, si se piensa con detenimiento, puede inducirnos a querer ser los primeros en una carrera.

La gloria de ser reconocido como el mejor jinete de un país alegra demasiado cuando la orquesta comienza a tocar como para que al día siguiente pueda evitarse el remordimiento.

La envidia del contrincante, de gente más astuta e influyente, nos aflige al atravesar las estrechas barreras hacia aquella planicie que pronto quedará vacía ante nosotros, si no es por la presencia de algunos jinetes aventajados que, diminutos en la distancia, cabalgan hacia la línea del horizonte.

Muchos de nuestros amigos, ansiosos por recoger las ganancias, gritan "hurras" hacia nosotros por encima de los hombros y desde la alejada ventanilla de cobros; los mejores amigos, sin embargo, no han apostado por nuestro caballo, pues temen que si pierden podrían enfadarse con nosotros, pero como nuestro caballo ha sido el primero y ellos no han ganado nada, se dan la vuelta cuando pasamos y prefieren mirar hacia las tribunas.

Los contrincantes, detrás, bien sujetos sobre la silla de montar, intentan comprender la desgracia que les ha caído, así como la injusticia que, de algún modo, se ha cometido con ellos. Adoptan una expresión de frescura, como si fuera a comenzar otra carrera, y una expresión seria después de ese juego de niños.

A muchas damas el ganador les parece ridículo porque se ufana, y, sin embargo, no sabe qué hacer con el continuo apretar de manos, con los saludos, las reverencias, las salutaciones y los saludos a la lejanía, mientras que los vencidos tienen la boca cerrada y dan palmadas en el cuello de los caballos, la mayoría de los cuales relinchan.

Finalmente, el cielo se pone turbio y comienza a llover.

Tambo y Pony
Adriana Lamela

Había una vez un cerdito rosa de peluche que pasaba sus días triste y abandonado en el fondo de un cajón de juguetes. Su nombre era Tambo.

La dueña de todos aquellos juguetes, Martita, era una niña muy traviesa y pasaba el día con sus Barbies o sentada frente al televisor. Y para todo eso, el triste cerdito rosa de nada le servía.

Cierto día, cuando ya era muy tarde y todos dormían en la casa de Martita, Tambo, cansado de la forma en que era ignorado y maltratado, decidió salir a recorrer el mundo en busca de aventuras.

A la medianoche, silenciosamente, trepó a la ventana del dormitorio de Martita y saltó, cayendo sobre las margaritas del jardín.
"Ehhh… ¡ten cuidado, peluche!", gritaron las margaritas enojadas. "¿No podrías caer sobre el césped y no encima de nuestras delicadas cabezas?"

"¡Perdón… perdón! No lo hice a propósito. ¿Podrías disculparme?"

"¿Y dónde vas a estas horas?", le preguntaron a coro las flores.

"Pues… en busca de aventuras …"

Y dicho esto, Tambo dio la vuelta y se dirigió a la puerta del jardín. Tambo, asustado pero decidido llegó hasta la gran avenida. A esas horas, la luna casi se descolgaba del cielo; las estrellas se iban apagando y el sol, lentamente estiraba sus primeros rayitos.

Había pasado su corta vida de peluche en el cajón de juguetes de Martita y entonces, no pudo evitar el pánico que sintió ante tan imponente paisaje de cemento. Respiró hondo, muy hondo e intentó seguir su camino.

Los autos, camiones, motos y bicicletas, pasaban casi volando por todas partes: ¡Yummmm… yummmm! Largaban humo y hacían terribles ruidos molestos: ¡tiiiiiiiiiiii… tiiiiiiiiiiiiiiii!!!

Tambo, confundido y muerto de miedo comenzó correr desesperado sin saber hacia donde iba… Y de pronto, se encontró frente a un gran pozo lleno de agua y largo, muuuuuuy largo. A su alrededor, había toda clase de plantas: árboles, flores, yuyos, etc. Él sabía muy bien que eso era un río. Había visto lugares parecidos en ese aparato que Martita miraba siempre como si estuviera hipnotizada.

Un poco mas allá, en la orilla, había un caballito blanco. Era pequeño, igual que Tambo y parecía de goma… ¡¡era un juguete como él!!

Inmediatamente se acercó, mientras se preguntaba qué haría un caballito blanco de goma a orillas de un río.

Tímidamente le dijo: "¡Hola!"

El caballito blanco lo miró sorprendido.

"¡Hola! ¿Qué hace un cerdito de peluche rosa a la orilla del río?", le preguntó, adelantándose a su propia inquietud.

"Lo mismo que un caballo blanco de goma…", contestó Tambo sonriendo.

"¡Ji, ji, ji, ji!!", se rió a su vez el caballito, "tienes razón. Mi nombre es Pony y mis dueños me olvidaron aquí después de una merienda".

"Ahhh…lo siento mucho, Pony. Mi nombre es Tambo y hace algunas horas que escapé del cajón de juguetes de la casa donde vivía. Allí era muy infeliz. Fui el regalo de cumpleaños de una niña muy traviesa que sólo se entretiene vistiendo y desvistiendo muñecas", continuó Tambo. "Sin darme cuenta, llegué al centro y me asusté un montón: la ciudad no se hizo para que un triste juguete de peluche ande solo por las calles. Comencé a correr y correr sin parar. Y así llegué hasta aquí".

"Te entiendo, Tambo", dijo el caballito blanco, "porque Pucho, mi dueño, sólo se interesa por los Family Games y jamás me ha prestado atención. Su mamá me trajo al campo para que junto con Dany, el hermanito, jugaran conmigo. Pero, aunque apenas es un bebé, a Dany le gustaron más los autos de colección que Pucho le prestó para que no lo moleste mientras juntaba cangrejos. Y bueno, aquí me dejaron. No creo que se hayan dado cuenta de mi ausencia".

"Sabes, Pony, creo que nosotros, los simples juguetes de goma y peluche, ya no somos atractivos para los niños", dijo Tambo con mucha tristeza en el corazón.

Y así, el cerdito rosa de peluche y el caballito blanco de goma, se contaron sus penas mientras arrojaban piedrecitas en el agua.

De pronto, la charla de ambos juguetes, se vio interrumpida por un grito infantil proveniente del puente cercano:

"¡Juan! Mira… allí en la orilla, ¿no son juguetes?"

"Tienes razón, Clarita… ¡y parecen nuevos!"

Pony y Tambo se quedaron muy callados e inmóviles. Por el sendero que bordeaba el río, un niño y una niña, con ropas muy gastadas y descalzos, corrían hacia ellos. Ambos pequeños, con sus caritas radiantes de felicidad, recogieron al caballito blanco de goma y al cerdito rosa de peluche y se sentaron sobre la hierba, dispuestos a jugar, encantados ante tal descubrimiento.

"Pony… shhh, shhh", susurró Tambo, "estaba pensando... ¿crees que todavía hay niños que nos necesitan?"

"Puede ser, Tambo", contestó el caballito emocionado "ya sabes lo que dicen los humanos: lo último que hay que perder es la esperanza…"

Trucho, el Caballo Azul
María J. Calandria

Hay un pueblo llamado una Villa Caballos, que más que un pueblo es un pueblucho, pequeño y olvidado, encallado en un monte que sólo da flores en mayo. No hay que saber mucho para adivinar que en ese pueblo hay caballos, y tampoco hay que pensar mucho ni ser un talento, para saber, por el nombre del cuento, que Villa Caballos es el pueblo de Trucho.

Cuando Trucho nació era un caballo corriente, uno de esos que la gente guarda en un establo. Cuando era sólo un potro se hizo amigo de Pablo, el nieto del dueño de Trucho, y llegaron a quererse mucho… Pablo lo dejaba libre en el monte, viéndolo correr hasta el horizonte. A veces el niño se iba, y el caballo volvía solo al establo, y Trucho apreciaba mucho la confianza de Pablo, igual que el niño sabía que el caballo no le fallaría. Y esa era la forma en que Pablo y Trucho se querían y demostraban su cariño… aunque nadie en el pueblo entendía la gran amistad que había entre el caballo y el niño.

Un día, después de una tormenta, más fuerte que ochenta lluvias y cuarenta vientos, el abuelo llegó a la casa muy serio y Pablo supo que tenía una pena por dentro.

"Abuelo ¿qué pasa?", preguntó el niño. "¿Es por ese rayo que cayó en el huerto?…"

"Sí, es por el rayo que nos ha quemado lo que fuera nuestro… Vivimos de la venta de frutas y verduras, y por esa tormenta tan dura que nos trajo el rayo que acabó con todo, tengo que vender el caballo, aunque sé que lo quieres mucho…"

"¿Vender a Trucho?", preguntó el niño espantado. "¡A Trucho no!, ¡No puedes! ¡No quiero! …"

"Pero es que necesitamos dinero… Aunque ese caballo no vale mucho, es todo lo que tenemos…"

Pablo corrió hasta el establo… No cenó aquella noche, se echó junto a Trucho, lloró, y ninguno durmió…

"Trucho, amigo, caballo bueno… Le pediremos al cielo, que siempre nos ayudó, que le dé a mi abuelo el dinero por todo lo que perdió durante la tormenta, y que no te ponga en venta, para que estés conmigo, mi caballo bueno, mi amigo…", le dijo el niño.

El caballo entendió lo que a Pablo le entristecía, y cuando vio que amanecía, salió del establo y corrió y corrió, llegó hasta el monte, cruzó el horizonte, y aún más lejos, mucho más lejos llegó…

"Le pediremos al cielo, que siempre nos ayudó", había dicho Pablo allá en el establo, y Trucho lo recordó… Él no sabía rezar pero conocía el cielo. Lo había visto brillar por las noches, tachonado de luceros. Y también durante el día, con ese color de luz que sabía que llamaban azul cielo.

"Soy un caballo corriente, de esos que guarda la gente en un establo, pero soy amigo de Pablo y por eso soy diferente. ¿Puedes ayudarnos tú?…", preguntó el caballo al cielo, y el cielo lo pintó de azul…

Cuando Trucho volvió al establo, hacía mucho que Pablo lo estaba buscando. Llegó hasta el niño trotando, y el niño lo reconoció, porque el amor nunca cambia aunque cambie de color.

El abuelo no lo vendió. Empezó a ir mucha gente para poder ver a Trucho, y aquel que fuera un pueblucho, todo el mundo visitó. Pagaban mucho dinero para verle por el monte llegar hasta el horizonte y luego volver al establo, donde le esperaba Pablo, dándole gracias a Dios.

Trucho era valioso, distinto, mágico, hermoso… pero no por su color. El cielo les ayudó porque el cariño, aunque sea entre un caballo y un niño, es lo que tiene valor.


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